Ritmos circadianos: el metrónomo interior que decide tu energía, tu hambre y tu humor

Nuestro cuerpo es una orquesta afinada por la luz del sol. Dentro del hipotálamo, un puñado de neuronas llamado núcleo supraquiasmático marca un ciclo aproximado de veinticuatro horas, pero ese compás no es rígido: se recalibra cada mañana cuando la retina detecta la luz del amanecer y envía una señal eléctrica hasta el cerebro. A partir de ahí, miles de relojes periféricos, en hígado, músculo, grasa, intestino y piel, comienzan una coreografía bioquímica que determina cuándo quemamos glucosa, cuándo liberamos insulina, cuándo fabricamos hormonas sexuales y cuándo nuestro sistema inmunitario patrulla con más intensidad.

Uno de los actores más malinterpretados de esta obra es la melatonina. No es un interruptor que se encienda al caer la noche; su síntesis en la glándula pineal nunca se detiene. Durante el día la producimos en cantidades pequeñas y, mientras hay luz, una enzima convierte rápidamente la melatonina en otras moléculas. Al oscurecer se frena esa degradación y las concentraciones sanguíneas pueden multiplicarse hasta cien veces, actuando como mensajera de «luz ausente» para todo el organismo. Por eso la luz artificial es  un problema: confunden al reloj maestro, frenan el pico nocturno de melatonina y, con él, la reparación antioxidante que debería ocurrir mientras dormimos.

Al amanecer sucede el proceso contrario. La luz intensa , aunque el cielo esté nublado, suprime la melatonina residual, eleva la temperatura corporal y dispara el cortisol, una hormona que, en su punto álgido matinal, nos da el empujón de alerta y concentración. Si retrasamos esta señal (por ejemplo, despertándonos sin exponer los ojos a la claridad), el desfase se traduce en niebla mental, apetito desordenado a media mañana y un bajón de energía por la tarde.

Los ritmos circadianos no gobiernan solo el sueño y la vigilia; también deciden cuánta grasa almacenamos y cuánta inflamación silenciosa albergamos. Estudios de cronobiología han demostrado que comer la mayor parte de las calorías antes de media tarde mejora la sensibilidad a la insulina y reduce triglicéridos, mientras que las cenas copiosas en la noche activan de nuevo al hígado justo cuando debería estar en modo detox. El músculo, por su parte, muestra su mejor coordinación y fuerza relativa a última hora de la tarde, lo que explica por qué un entrenamiento de resistencia después del trabajo se siente, objetivamente, más ligero y produce mayores ganancias.

Para sincronizarte con tu diseño evolutivo, la receta es simple aunque innegociable: luz natural dentro de la primera hora tras despertarte, actividad física diaria (caminar, moverte o entrenar) antes de la puesta del sol, comidas principales durante la ventana diurna y oscuridad cálida por la noche. Adoptar estos gestos no es una moda biohacker; es devolver al director de la orquesta su batuta para que el resto de instrumentos , hormonas, genes y bacterias intestinales, interpreten la partitura correcta sin desafinar.

Cuando respetas tu reloj interno, duermes más profundo, despiertas sin alarma y tu mente rinde con foco sostenido. No hay suplemento que iguale ese efecto, porque el medicamento es, literalmente, la luz del día y la sombra de la noche, siempre estuvo ahí, marcando los latidos del planeta y, por extensión, los tuyos. «Porque la salud es gratis»

2 respuestas

Responder a admin Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *