La biología molecular nació convencida de que la vida podía explicarse con el mismo lenguaje que la química inorgánica: moléculas que chocan al azar, enzimas que rebajan barreras energéticas y una moneda energética, el ATP, que paga cada reacción. Esa narrativa ha resuelto muchos enigmas, pero desde mediados del siglo XX hay una grieta que la atraviesa: el balance energético real de la célula supera cientos de veces lo que el ATP puede aportar. El biofísico Gilbert Ling, al cuantificar ese desfase, obligó a mirar más allá de la pura termodinámica química y a preguntarse dónde se esconde la “otra” energía que mantiene la arquitectura viva.

Albert Szent-Györgyi dio la primera pista al proponer que las proteínas no son simples cadenas de aminoácidos sino auténticos semiconductores orgánicos capaces de transportar corrientes electrónicas y, al hacerlo, de emitir fotones a frecuencias nítidas. Esa luz intracelular medida décadas después por Fritz-Albert Popp y hoy verificada con fotomultiplicadores—funciona como un código de reconocimiento: dos biomoléculas se atraen si irradian la misma frecuencia, pero en fase opuesta. La ingeniera biomédica Irena Cosic formalizó esa observación en su Resonant Recognition Model: cada proteína y cada receptor poseen una firma electromagnética inconfundible; cuando la firma se apaga, la función desaparece, y si se irradia de nuevo la frecuencia exacta, la función reaparece, incluso aunque la secuencia proteica porte mutaciones.

Ahora bien, para que una proteína conduzca electrones necesita una fuente estable de carga. Ese depósito lo proporciona el agua, pero sólo cuando abandona su estado líquido convencional y entra en la fase coherente descrita por Emilio Del Giudice y Giuliano Preparata. Junto a cualquier superficie hidrófila, membranas, colágeno, ADN, las moléculas de H₂O se sincronizan: forman dominios donde aproximadamente un trece por ciento oscila entre un estado basal de 12,60 eV y uno excitado de 12,06 eV. Ese escaso medio electron-volt deja a millones de electrones “casi libres”, listos para saltar con una mínima chispa de energía .

El agua coherente actúa así como un condensador de baja entropía: acumula electrones durante horas o días sin disiparlos como calor y los libera cuando una señal electromagnética resuena con ella. Si se le somete a la luz infrarroja abundante en el amanecer y el atardecer, la zona coherente se expande; si además recibe un toque de ultravioleta, esos electrones emergen y fluyen hacia las proteínas. El propio Del Giudice lo explicó con precisión: los dominios retienen cargas en forma de vórtices que se alinean con el campo magnético terrestre y transforman “energía de baja calidad” en energía coherente capaz de excitar las moléculas vecinas.

Gerald Pollack bautizó esa estructura como “cuarta fase del agua”. Bajo luz infrarroja, el agua forma una zona de exclusión electronegativa, expulsa solutos y se comporta como la placa de un condensador; estudios posteriores mostraron que señales de WiFi o microondas reducen la estabilidad de esa zona, lo que sugiere por qué ciertos entornos electromagnéticos incrementan el estrés oxidativo.

Cuando los electrones liberados por el agua penetran en las proteínas, éstas recuperan su corriente interna y su capacidad de emitir luz. Del Giudice resumió el fenómeno con un giro que hoy resulta casi profético: la bioquímica de la célula realmente obedece a leyes de resonancia electromagnética más que al régimen difusivo de colisiones aleatorias. En una célula hidratada coherentemente las reacciones son selectivas porque cada molécula “escucha” la frecuencia que le corresponde y acude al encuentro de su pareja afín; por eso la insulina y su receptor resuenan a 552 nm, y por eso la resistencia a la insulina es, en buena medida, un problema de entorno lumínico antes que de exceso calórico .

Todo encaja si se entiende el triángulo luz-agua-electrones. El sol no sólo marca el ritmo circadiano; su infrarrojo cercano carga el agua y su ultravioleta desencadena la descarga electrónica. El campo magnético terrestre, por su parte, alinea los vórtices generados en los dominios coherentes y prolonga su vida media. La tierra misma actúa como reservorio de electrones: cuando caminamos descalzos, descargamos la electricidad estática positiva y recibimos electrones de baja entropía que refuerzan el potencial redox interno.

Desde esta perspectiva, el ATP se vuelve un regulador de la conductividad proteica más que la fuente cardinal de energía. Su síntesis sigue siendo imprescindible, entre otras cosas porque modula la corriente y porque el rotor del complejo V genera un campo magnético que atrae oxígeno, pero la mayor parte de la energía la suministra la batería acuática y el circuito foto-plasmónico que la luz pone en marcha.

La conclusión es rotunda: la fisiología se sostiene sobre un tejido fotoeléctrico cuyo hilo conductor es el agua coherente. Optimizar la salud equivale, antes que nada, a mantener ese tejido en resonancia con el espectro solar y con los pulsos electro-magnéticos que imperan en la superficie terrestre. Por eso la exposición temprana al amanecer, la eliminación de luz azul al anochecer, el contacto regular con el suelo, la preferencia por grasas que generan más agua metabólica que los azúcares, o el consumo de agua baja en deuterio no son prácticas esotéricas sino estrategias directas para restaurar la coherencia hídrica y la fotónica interna. Mae-Wan Ho lo expresó con una sentencia que hoy cobra plena vigencia: “el agua cuánticamente coherente es el medio que permite a las macromoléculas vivir y trabajar con una eficiencia cercana al cien por cien”.

Quedan muchas preguntas por responder, pero el marco está asentado. Somos, en última instancia, paquetes de luz guiados por agua. Donde esa luz se atrofia, aparece la enfermedad; donde fluye sin obstáculos, la vida despliega su orden improbable contra la entropía. La medicina del siglo XXI quizá consista, ni más ni menos, en aprender a cuidar ese haz luminoso que cada amanecer pide pasar a través de nosotros.

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